lunes, 30 de noviembre de 2015

Capítulos 1 y 2 de Atracción y sospechas



Capítulo 1


E
l andén de la estación de Sants se encontraba repleto de viajeros que tiraban de sus maletas con ruedas mientras buscaban el coche que les correspondía. Andaban despacio, despreocupados por si sus maletas se cruzaban en el camino del resto de pasajeros que caminaban veloces,
Una de esas personas era Zaida. Una mujer de treinta y tres años que caminaba, con paso ligero, tan solo llevando su maletín y una pequeña maleta negra con sus efectos personales. Los años que llevaba viajando, por motivos de trabajo, le daban la experiencia suficiente para ser capaz de esquivar a los turistas que se cruzaban en su camino. Sin embargo, la seguridad que demostraba en su porte, no tenía nada que ver con el nerviosismo que sentía en su interior.
Subió al coche donde se encontraba su plaza y colocó el maletín  y la maleta en la balda situada encima de los asientos. Se sentó y sacó su móvil para revisar el correo del trabajo. Por suerte, no había nada urgente que responder y que no pudiera esperar hasta su llegada a Madrid. Su cabeza se encontraba, en aquellos días en otro asunto que impedía que se centrara tan solo en su trabajo.
Guardó el teléfono en su bolso y cerró los ojos. Respiró profundo para calmar sus nervios y pensó en aquel hombre que le traía de cabeza desde que lo había conocido.
Alex, aquel maldito demonio, forma en la cual siempre le llamaba cada vez que pensaba en él, había trastocado su existencia desde que se cruzó en su camino hacia casi un año. Iban a reencontrarse después de cuatro meses. Meses llenos de angustia, desesperación y soledad en los cuales había intentado continuar con su vida y convertir su existencia en tan sólo en un recuerdo difuso.
Sin embargo, allí estaba ella, sentada en un tren con destino a Madrid para ver a aquel hombre que se había instalado de forma permanente y sin permiso en sus sueños y también en sus más profundos deseos y fantasías. Volvió a repetirse en su cabeza el mantra que la había acompañado en los últimos días, desde que había recibido aquella inesperada llamada de teléfono; estoy loca.
Aun dudaba de por qué había accedido a verle una vez más, cuando sabía que de aquel encuentro volvería a salir malparada.
Debería haber dicho que no, pensó. El miedo a volverse a sentir herida hizo que agarrase su bolso e hiciera la intención de levantarse de su asiento. Aun disponía de tiempo para salir de aquel maldito tren y quedarse en Barcelona a seguir reconstruyendo su nueva vida con los pedazos que habían quedado desperdigados después de su ruptura.
-No. –Dijo en voz alta sin darse cuenta, haciendo que el hombre que se encontraba sentado, a su lado, leyendo el periódico levantase la vista y la mirara con gesto serio.
Siempre había sido una mujer que había llevado con firmeza las riendas de su vida y no iba a permitir que aquello amedrentase su voluntad. Pasara lo que pasase, se enfrentaría a aquella burla del destino que hacía que se reencontrase con su peor pesadilla.
Rondaba por su cabeza mil pensamientos a la vez. ¿Por qué habría vuelto a llamar diciendo que necesitaba que se vieran? En lo más profundo de su ser, deseaba que lo hiciera para pedirle que volviesen a estar juntos. Pero no se haría ilusiones con aquello que, era consciente, que no ocurriría.
El pitido del tren anunció la salida inminente del mismo, cerró sus puertas y comenzó su marcha.
Mientras miraba por la ventanilla como la estación quedaba atrás, dejo su vista fija en algún punto perdido en la nada. Surgían en su cabeza, un recuerdo tras otro del tiempo que habían pasado juntos. Parecía que estaba allí, frente a ella, hablando, sonriendo, besando, acariciando...Debía salir de aquella espiral que lograría encender su deseo y, también desataría su llanto.  
Pestañeo con rapidez para salir de su ensimismamiento y miró de reojo al resto de los pasajeros que se encontraban a su alrededor. Siempre se había distraído imaginando cuales serían los motivos que tendrían sus compañeros de viaje para realizar el mismo trayecto que ella.
Comenzó con el hombre que se encontraba sentado a su lado. Tendría alrededor de los 50 años, pelo canoso y vestido con traje azul  marino y camisa blanca con unas finas rayas verticales grises. Sin lugar a dudas, viajaba por motivos de trabajo.
El matrimonio, que se encontraba en su misma fila de asientos pero al otro lado del pasillo, charlaba animadamente sobre lo que iban a hacer a su llegada a Madrid; quienes irían a buscarlos y como llegarían hasta su hotel. Por el tono de su voz, y todo lo que hablaban, sabía que se enteraría de muchas más cosas de su vida de lo que ella estaba interesada en conocer. En aquel preciso instante, se arrepintió de no haber elegido su asiento en el coche en silencio
Su mirada se clavó en la chica que se encontraba sentada delante de aquel matrimonio. Viajaba sola y su cabeza estaba girada mirando por la ventanilla. Su moreno cabello, largo y liso ocultaba parte de su cara y no se había quitado las gafas de sol. Zaida observó como aquella mujer, con disimulo, llevaba hasta su mejilla un pañuelo de papel blanco y lo pasó por debajo de la montura limpiando lo que, sin dudar, serian lágrimas.
Cómo le recordaba a ella misma cuando se despidió de Alex, el viaje que tuvo que hacer tras su ruptura. No podía pensar en aquello de nuevo, ya que sus ojos volvieron a anegarse de lágrimas que se negaba a dejar salir. Ya había derramado demasiadas en aquel momento y en los meses posteriores a su separación.
Imitó a aquella mujer y sacó las gafas de sol para ocultarse del mundo detrás de aquellos cristales oscuros. Lo mejor sería que intentase dormir, ya que apenas lo había hecho la noche anterior.
Cerró los ojos esperando que el sueño la venciera. Sin embargo, lo único que aparecía en su mente, de nuevo, era la imagen de Alex. No podría librarse de él. Estaba convencida de aquello, así que decidió recordar como lo había conocido, los buenos momentos, como se había sentido al estar a su lado. El inicio tan inesperado de su relación.
Una historia como la de ellos solo aparecía una vez en la vida, con suerte. No todas las personas son tan afortunadas de poder experimentar lo que ella había tenido y le vino a la cabeza aquella dichosa frase que había visto cientos de veces y con la que no estaba de acuerdo, sobre todo por cómo se había hundida tras la ruptura.
“Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”. Pues ella había amado mucho, y perdido mucho. Quizás no hubiera sido tan  mala la idea de no haberlo hecho y haberse ahorrado todo aquel sufrimiento, pensó Zaida.



Capitulo 2


Abril  de 2014…

Z
aida despertó al escuchar el despertador programado en su móvil. Era incapaz de abrir los ojos y mucho menos de moverse para silenciar aquel fastidioso sonido. Estaba tumbada boca abajo y tanto el olor, como el tejido de aquella almohada contra su mejilla, resultaban desconocidos. De inmediato, recordó que se encontraba en la habitación del hotel donde se alojaba y no en su propia cama.
A su lado, notó como el colchón se hundía de forma leve, a la vez que algo rozaba su cadera. No estaba sola en la cama y los recuerdos de la noche anterior aparecieron uno tras otro. Sonrió satisfecha e intento abrir los ojos, pero la luz que se filtraba por la ventana hizo que pestañeara varias veces para acostumbrar a sus ojos a aquella claridad.
Se colocó de espaldas en la cama y se desperezó con sensualidad sonriendo a su amigo Nacho que se encontraba a su izquierda, mirándola con cierta picardía. Ver a un   hombre tan atractivo como él, sonriendo de aquella manera, con el pelo alborotado y con los pectorales al descubierto, haría que cualquier mujer se lanzara a su cuello y no lo soltara nunca.
—Buenos días guapo.
Echó sus brazos alrededor de su cuello y le besó en la boca mientras los brazos de él acercaban su cuerpo hasta quedar completamente pegados. Sus lenguas se unieron haciendo que el deseo aumentara entre ellos.
—¿Y a mí no me dices nada, princesa?
Era la voz de Rubén lo que escuchó a su espalda mientras notaba como su mano acariciaba su muslo y acercaba su torso a la espalda de ella, quedando atrapada entre aquellos dos formidables hombres, además de amigos, a los que tanto apreciaba.
Sonrió y separó su boca de Nacho para darse la vuelta y alborotar aquel cabello dorado que tanto le gustaba. Acercó sus labios a los de él y recorrió primero el superior con la lengua antes de besarle.
—Jamás me olvidaría de mi rubio favorito.
Nacho hizo que se pusiera de espaldas empujando levemente con su cuerpo, sin dejar de depositar suaves besos desde el cuello hasta su pezón  izquierdo. Lo introdujo en su boca y succionó hasta que un leve gemido escapó de la boca de Zaida. Rubén mientras tanto, comenzó a imitar los movimientos de su amigo con el otro pezón.
Ella bajó la mirada hacia su pecho para no perderse detalle de la magnífica visión que tenía en aquel momento. Aquellos dos hombres prodigaban caricias a sus senos con maestría. Notaba los ligeros mordiscos, la succión, los golpecitos que daban a sus pezones duros y excitados con sus lenguas. Excitación que comenzaba a expandirse por el resto de su cuerpo notando como su sexo comenzaba a humedecerse.
Si seguía permitiendo que continuaran con las caricias, llegaría tarde a las oficinas de su cliente en su primer día. Acarició a ambos en la cabeza, y sin convencimiento de querer terminar aquello, los apartó de su pecho.
 —Chicos, lamento ser una aguafiestas, pero…tengo que irme a trabajar. .Hizo ademán de incorporarse de la cama pero no se lo permitieron.
—Solo será un ratito —dijo Nacho con  la mirada tierna parecida a la de un niño cuando quiere conseguir lo que se propone. Bajó la cabeza y dio un lametazo a su pezón seguido de un pequeño mordisco, sin dejar de mirar a la muchacha a los ojos.
—Con vosotros nunca es un ratito. En serio, mi empresa me ha traído a Madrid para trabajar, no para disfrutar de unos increíbles días de sexo desenfrenado.
—Pues es una verdadera lástima, que quieres que te diga. –Respondió Rubén.
Zaida se llevó las manos a la cara y resopló exasperada.
—Muy gracioso Rubén. Venga, vamos chicos ¡Dejadme salir! Tengo que ducharme. —Notó como una mano, se metía entre sus muslos y acariciaba su sexo.
—Estas mojada. No podemos dejarte ir así a trabajar, estarías muy tensa en tu primer día.  
Los dedos de él se abrieron paso entre los labios de su sexo y ella gimió sabiendo que estaba perdida ante aquellas caricias.
Nacho abandonó su seno deslizó su lengua por su estómago y continuó bajando hasta llegar a su sexo. Lamió su clítoris, mientras los dedos de Rubén entraban y salían de su cuerpo con un ritmo lento e hipnótico. Las caricias de aquellos hombres estaban volviendo loca a Zaida, quien se abandonó a la excitación que sentía. Las sensaciones fueron creciendo en su interior, hasta que alcanzó un orgasmo que dejó su cuerpo tembloroso y satisfecho.
Cuando su respiración volvió a la normalidad, se incorporó en la cama para dirigirse al baño. En vez de bajarse por el pie de la cama, se tumbó encima de Rubén para pasar por encima de él y restregó su cuerpo contra su más que notable erección.
—¿Por qué eres tan cruel? —Dijo Rubén lloriqueando.
Zaida giró su cabeza, mientras caminaba hacia el baño, para responder. Sin embargo se quedó sin palabras al contemplar a sus amigos y, antiguos monitores de gimnasio, desnudos y excitados por ella.
Resopló intentando apartar de su cabeza la idea de regresar a aquella cama y pasar las siguientes horas con ellos.
—Lo siento chicos, pero no me da tiempo a hacer nada por vosotros. —Dijo mientras señalaba a ambos con su dedo —. Creo que deberíais hacer algo el uno por el otro si no queréis pasar un rato bochornoso cuando salgáis de la habitación.
—No le pongo una mano encima a éste, ni aunque se le caiga una máquina del gimnasio y le aplaste. —Bromeó Nacho.
—¡Muy bonito! Tener compañeros para esto. Tu avísame la próxima vez que necesites ayuda con algo en el gimnasio, cabrón.
Rubén agarró la almohada y golpeó con ella la cabeza de su amigo. Los miró, unos instantes sonriendo, mientras se peleaban como niños. Movió su cabeza hacia ambos lados pensando que aquellos dos no tenían arreglo. Se metió en el cuarto de baño y se dio una ducha rápida. Al salir, caminó hacia el armario que se encontraba al lado de la ventana. Tan sólo llevaba puesta una toalla envuelta alrededor de su cuerpo y su larga melena caía esparcida, aun húmeda, por la espalda.
Mientras los miraba con picardía, en el reflejo del espejo, se quitó la toalla dejando que cayera a sus pies. Al ver el escultural cuerpo desnudo de Zaida, dejaron de hablar y silbaron al unísono. Aquellos dos hombres eran  los principales responsables de que ella luciera un cuerpo tan atractivo. Habían pasado los tres juntos muchas horas entrenando en el gimnasio y no solo para pasarlo bien.
—¿No tenéis otra cosa mejor que hacer hoy, chicos?
—¡No! —dijeron los dos a la vez.
Sacó de su maleta un conjunto de sujetador y tanga blanco de encaje y unas medias negras hasta el muslo. Se puso la ropa interior y subió las medias hasta la parte alta de su pierna, donde quedaron pegadas sin moverse. Cogió el traje de chaqueta negro con falda de su armario y una blusa blanca, que dejó en un pequeño sillón ubicado al lado de la puerta.
Una vez vestida, terminó de secarse el pelo y recogió hacia atrás los mechones castaños que le caían a ambos lado de la cara, sujetándolos en la parta alta de la cabeza con un pasador. El maquillaje suave que se extendió por la cara, hizo desaparecer cualquier huella de cansancio producida por la falta de descanso la noche anterior.
Sonrió al recordar la fantástica noche que habían pasado los tres mientras cenaban y como se había caldeado el ambiente cuando comenzaron a bailar los tres en el local donde fueron a tomar una copa después de cenar. Resopló cuando vino a su mente el momento en que Rubén se colocó detrás de ella y notó en su trasero la erección que tenía mientras bailaban. Nacho hizo lo mismo pero por delante y más que bailar lo que hizo fue provocarlos. Estaban dando todo un espectáculo para las pocas personas que se encontraban bailando en la pista al ser un día de diario.
No tenía tiempo para quedarse ensimismada recordando la noche anterior; así que, terminó de maquillarse y tras echarse su perfume favorito, Ultraviolet de Paco Rabanne, regresó al dormitorio.
Se miró al espejo de la pared y comprobó, satisfecha, que había conseguido la imagen que quería aparentar, la de una seria y respetable profesional cuyo puesto era el de auditora senior para la prestigiosa consultoría Renfield and Brothers. Nacho, no dejó pasar la oportunidad de hacer un comentario acerca de su aspecto.
—Nena, cada vez que te veo vestida así, me das miedo
—¿Miedo? ¿Por qué? –Preguntó extrañada mientras lo miraba reflejado en el espejo.
—Porque tienes pinta de aplastarle las pelotas al primero que te lleve la contraria.
—¡Yo! —Rio a carcajadas—. Si soy muy dulce e inofensiva. No sé cómo puedes decir eso. Además….Anoche no oí que te quejaras por lo que les hice a tus pelotas.
Se dio la vuelta y les miró con picardía, mientras se pasaba la lengua por el labio inferior. 
—Sigue así y no te dejaremos salir de la habitación. Si te despiden, mejor para nosotros.
Rubén se levantó de la cama, desnudo, y fue hacia ella con la intención de cumplir con aquella amenaza. Entre risas, Zaida intentó zafarse de él, aunque le resultaba casi imposible. Cogió un butacón que se encontraba ubicado junto al escritorio y lo puso entre medias para evitar que siguiera con su persecución.
—¡Basta ya! Déjame salir que no llego a este paso.
—Solo si nos prometes que volveremos a verte antes de que te vayas.
—Eso seguro. No os librareis tan fácilmente de mí. Os digo algo cuando vea qué es lo que me encuentro. Espero que no sea muy complicada. A simple vista, no lo parece, pero nunca se sabe.
Se puso su abrigo y cogió el maletín que había colocado junto a su bolso. Abandonó reticente la habitación del hotel, deseando poder quedarse con ellos un rato más porque los echaba mucho de menos. Desde que había conseguido aquel trabajo en Londres, hacia algo más de un año, los viajes que había realizado a Madrid, habían sido escasos.

Ambos continuaban trabajando como monitores en el gimnasio al que acudía casi a diario cuando vivía en Madrid. Día a día, la amistad entre los tres fue creciendo y aunque ellos si habían practicado, con anterioridad, ese tipo de relaciones, para ella era la primera vez. Aquella amistad iba más allá del sexo. Siempre que alguno había necesitado apoyo en momentos difíciles, habían estado los tres juntos. Ese era el tipo de amistad que uno sabe que durará toda la vida.