Extractos

jueves, 14 de enero de 2016

Lighling Tucker: Entrevista #2 a Emma Gigán

Lighling Tucker: Entrevista #2 a Emma Gigán: Entrevista # 2 a Emma Gigán. Buenas tardes Maravillas. ¿Qué tal estáis? Ya huele a fin de semana y os traigo una entrevista a una autor...

jueves, 10 de diciembre de 2015

lunes, 30 de noviembre de 2015

Capítulos 1 y 2 de Atracción y sospechas



Capítulo 1


E
l andén de la estación de Sants se encontraba repleto de viajeros que tiraban de sus maletas con ruedas mientras buscaban el coche que les correspondía. Andaban despacio, despreocupados por si sus maletas se cruzaban en el camino del resto de pasajeros que caminaban veloces,
Una de esas personas era Zaida. Una mujer de treinta y tres años que caminaba, con paso ligero, tan solo llevando su maletín y una pequeña maleta negra con sus efectos personales. Los años que llevaba viajando, por motivos de trabajo, le daban la experiencia suficiente para ser capaz de esquivar a los turistas que se cruzaban en su camino. Sin embargo, la seguridad que demostraba en su porte, no tenía nada que ver con el nerviosismo que sentía en su interior.
Subió al coche donde se encontraba su plaza y colocó el maletín  y la maleta en la balda situada encima de los asientos. Se sentó y sacó su móvil para revisar el correo del trabajo. Por suerte, no había nada urgente que responder y que no pudiera esperar hasta su llegada a Madrid. Su cabeza se encontraba, en aquellos días en otro asunto que impedía que se centrara tan solo en su trabajo.
Guardó el teléfono en su bolso y cerró los ojos. Respiró profundo para calmar sus nervios y pensó en aquel hombre que le traía de cabeza desde que lo había conocido.
Alex, aquel maldito demonio, forma en la cual siempre le llamaba cada vez que pensaba en él, había trastocado su existencia desde que se cruzó en su camino hacia casi un año. Iban a reencontrarse después de cuatro meses. Meses llenos de angustia, desesperación y soledad en los cuales había intentado continuar con su vida y convertir su existencia en tan sólo en un recuerdo difuso.
Sin embargo, allí estaba ella, sentada en un tren con destino a Madrid para ver a aquel hombre que se había instalado de forma permanente y sin permiso en sus sueños y también en sus más profundos deseos y fantasías. Volvió a repetirse en su cabeza el mantra que la había acompañado en los últimos días, desde que había recibido aquella inesperada llamada de teléfono; estoy loca.
Aun dudaba de por qué había accedido a verle una vez más, cuando sabía que de aquel encuentro volvería a salir malparada.
Debería haber dicho que no, pensó. El miedo a volverse a sentir herida hizo que agarrase su bolso e hiciera la intención de levantarse de su asiento. Aun disponía de tiempo para salir de aquel maldito tren y quedarse en Barcelona a seguir reconstruyendo su nueva vida con los pedazos que habían quedado desperdigados después de su ruptura.
-No. –Dijo en voz alta sin darse cuenta, haciendo que el hombre que se encontraba sentado, a su lado, leyendo el periódico levantase la vista y la mirara con gesto serio.
Siempre había sido una mujer que había llevado con firmeza las riendas de su vida y no iba a permitir que aquello amedrentase su voluntad. Pasara lo que pasase, se enfrentaría a aquella burla del destino que hacía que se reencontrase con su peor pesadilla.
Rondaba por su cabeza mil pensamientos a la vez. ¿Por qué habría vuelto a llamar diciendo que necesitaba que se vieran? En lo más profundo de su ser, deseaba que lo hiciera para pedirle que volviesen a estar juntos. Pero no se haría ilusiones con aquello que, era consciente, que no ocurriría.
El pitido del tren anunció la salida inminente del mismo, cerró sus puertas y comenzó su marcha.
Mientras miraba por la ventanilla como la estación quedaba atrás, dejo su vista fija en algún punto perdido en la nada. Surgían en su cabeza, un recuerdo tras otro del tiempo que habían pasado juntos. Parecía que estaba allí, frente a ella, hablando, sonriendo, besando, acariciando...Debía salir de aquella espiral que lograría encender su deseo y, también desataría su llanto.  
Pestañeo con rapidez para salir de su ensimismamiento y miró de reojo al resto de los pasajeros que se encontraban a su alrededor. Siempre se había distraído imaginando cuales serían los motivos que tendrían sus compañeros de viaje para realizar el mismo trayecto que ella.
Comenzó con el hombre que se encontraba sentado a su lado. Tendría alrededor de los 50 años, pelo canoso y vestido con traje azul  marino y camisa blanca con unas finas rayas verticales grises. Sin lugar a dudas, viajaba por motivos de trabajo.
El matrimonio, que se encontraba en su misma fila de asientos pero al otro lado del pasillo, charlaba animadamente sobre lo que iban a hacer a su llegada a Madrid; quienes irían a buscarlos y como llegarían hasta su hotel. Por el tono de su voz, y todo lo que hablaban, sabía que se enteraría de muchas más cosas de su vida de lo que ella estaba interesada en conocer. En aquel preciso instante, se arrepintió de no haber elegido su asiento en el coche en silencio
Su mirada se clavó en la chica que se encontraba sentada delante de aquel matrimonio. Viajaba sola y su cabeza estaba girada mirando por la ventanilla. Su moreno cabello, largo y liso ocultaba parte de su cara y no se había quitado las gafas de sol. Zaida observó como aquella mujer, con disimulo, llevaba hasta su mejilla un pañuelo de papel blanco y lo pasó por debajo de la montura limpiando lo que, sin dudar, serian lágrimas.
Cómo le recordaba a ella misma cuando se despidió de Alex, el viaje que tuvo que hacer tras su ruptura. No podía pensar en aquello de nuevo, ya que sus ojos volvieron a anegarse de lágrimas que se negaba a dejar salir. Ya había derramado demasiadas en aquel momento y en los meses posteriores a su separación.
Imitó a aquella mujer y sacó las gafas de sol para ocultarse del mundo detrás de aquellos cristales oscuros. Lo mejor sería que intentase dormir, ya que apenas lo había hecho la noche anterior.
Cerró los ojos esperando que el sueño la venciera. Sin embargo, lo único que aparecía en su mente, de nuevo, era la imagen de Alex. No podría librarse de él. Estaba convencida de aquello, así que decidió recordar como lo había conocido, los buenos momentos, como se había sentido al estar a su lado. El inicio tan inesperado de su relación.
Una historia como la de ellos solo aparecía una vez en la vida, con suerte. No todas las personas son tan afortunadas de poder experimentar lo que ella había tenido y le vino a la cabeza aquella dichosa frase que había visto cientos de veces y con la que no estaba de acuerdo, sobre todo por cómo se había hundida tras la ruptura.
“Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”. Pues ella había amado mucho, y perdido mucho. Quizás no hubiera sido tan  mala la idea de no haberlo hecho y haberse ahorrado todo aquel sufrimiento, pensó Zaida.



Capitulo 2


Abril  de 2014…

Z
aida despertó al escuchar el despertador programado en su móvil. Era incapaz de abrir los ojos y mucho menos de moverse para silenciar aquel fastidioso sonido. Estaba tumbada boca abajo y tanto el olor, como el tejido de aquella almohada contra su mejilla, resultaban desconocidos. De inmediato, recordó que se encontraba en la habitación del hotel donde se alojaba y no en su propia cama.
A su lado, notó como el colchón se hundía de forma leve, a la vez que algo rozaba su cadera. No estaba sola en la cama y los recuerdos de la noche anterior aparecieron uno tras otro. Sonrió satisfecha e intento abrir los ojos, pero la luz que se filtraba por la ventana hizo que pestañeara varias veces para acostumbrar a sus ojos a aquella claridad.
Se colocó de espaldas en la cama y se desperezó con sensualidad sonriendo a su amigo Nacho que se encontraba a su izquierda, mirándola con cierta picardía. Ver a un   hombre tan atractivo como él, sonriendo de aquella manera, con el pelo alborotado y con los pectorales al descubierto, haría que cualquier mujer se lanzara a su cuello y no lo soltara nunca.
—Buenos días guapo.
Echó sus brazos alrededor de su cuello y le besó en la boca mientras los brazos de él acercaban su cuerpo hasta quedar completamente pegados. Sus lenguas se unieron haciendo que el deseo aumentara entre ellos.
—¿Y a mí no me dices nada, princesa?
Era la voz de Rubén lo que escuchó a su espalda mientras notaba como su mano acariciaba su muslo y acercaba su torso a la espalda de ella, quedando atrapada entre aquellos dos formidables hombres, además de amigos, a los que tanto apreciaba.
Sonrió y separó su boca de Nacho para darse la vuelta y alborotar aquel cabello dorado que tanto le gustaba. Acercó sus labios a los de él y recorrió primero el superior con la lengua antes de besarle.
—Jamás me olvidaría de mi rubio favorito.
Nacho hizo que se pusiera de espaldas empujando levemente con su cuerpo, sin dejar de depositar suaves besos desde el cuello hasta su pezón  izquierdo. Lo introdujo en su boca y succionó hasta que un leve gemido escapó de la boca de Zaida. Rubén mientras tanto, comenzó a imitar los movimientos de su amigo con el otro pezón.
Ella bajó la mirada hacia su pecho para no perderse detalle de la magnífica visión que tenía en aquel momento. Aquellos dos hombres prodigaban caricias a sus senos con maestría. Notaba los ligeros mordiscos, la succión, los golpecitos que daban a sus pezones duros y excitados con sus lenguas. Excitación que comenzaba a expandirse por el resto de su cuerpo notando como su sexo comenzaba a humedecerse.
Si seguía permitiendo que continuaran con las caricias, llegaría tarde a las oficinas de su cliente en su primer día. Acarició a ambos en la cabeza, y sin convencimiento de querer terminar aquello, los apartó de su pecho.
 —Chicos, lamento ser una aguafiestas, pero…tengo que irme a trabajar. .Hizo ademán de incorporarse de la cama pero no se lo permitieron.
—Solo será un ratito —dijo Nacho con  la mirada tierna parecida a la de un niño cuando quiere conseguir lo que se propone. Bajó la cabeza y dio un lametazo a su pezón seguido de un pequeño mordisco, sin dejar de mirar a la muchacha a los ojos.
—Con vosotros nunca es un ratito. En serio, mi empresa me ha traído a Madrid para trabajar, no para disfrutar de unos increíbles días de sexo desenfrenado.
—Pues es una verdadera lástima, que quieres que te diga. –Respondió Rubén.
Zaida se llevó las manos a la cara y resopló exasperada.
—Muy gracioso Rubén. Venga, vamos chicos ¡Dejadme salir! Tengo que ducharme. —Notó como una mano, se metía entre sus muslos y acariciaba su sexo.
—Estas mojada. No podemos dejarte ir así a trabajar, estarías muy tensa en tu primer día.  
Los dedos de él se abrieron paso entre los labios de su sexo y ella gimió sabiendo que estaba perdida ante aquellas caricias.
Nacho abandonó su seno deslizó su lengua por su estómago y continuó bajando hasta llegar a su sexo. Lamió su clítoris, mientras los dedos de Rubén entraban y salían de su cuerpo con un ritmo lento e hipnótico. Las caricias de aquellos hombres estaban volviendo loca a Zaida, quien se abandonó a la excitación que sentía. Las sensaciones fueron creciendo en su interior, hasta que alcanzó un orgasmo que dejó su cuerpo tembloroso y satisfecho.
Cuando su respiración volvió a la normalidad, se incorporó en la cama para dirigirse al baño. En vez de bajarse por el pie de la cama, se tumbó encima de Rubén para pasar por encima de él y restregó su cuerpo contra su más que notable erección.
—¿Por qué eres tan cruel? —Dijo Rubén lloriqueando.
Zaida giró su cabeza, mientras caminaba hacia el baño, para responder. Sin embargo se quedó sin palabras al contemplar a sus amigos y, antiguos monitores de gimnasio, desnudos y excitados por ella.
Resopló intentando apartar de su cabeza la idea de regresar a aquella cama y pasar las siguientes horas con ellos.
—Lo siento chicos, pero no me da tiempo a hacer nada por vosotros. —Dijo mientras señalaba a ambos con su dedo —. Creo que deberíais hacer algo el uno por el otro si no queréis pasar un rato bochornoso cuando salgáis de la habitación.
—No le pongo una mano encima a éste, ni aunque se le caiga una máquina del gimnasio y le aplaste. —Bromeó Nacho.
—¡Muy bonito! Tener compañeros para esto. Tu avísame la próxima vez que necesites ayuda con algo en el gimnasio, cabrón.
Rubén agarró la almohada y golpeó con ella la cabeza de su amigo. Los miró, unos instantes sonriendo, mientras se peleaban como niños. Movió su cabeza hacia ambos lados pensando que aquellos dos no tenían arreglo. Se metió en el cuarto de baño y se dio una ducha rápida. Al salir, caminó hacia el armario que se encontraba al lado de la ventana. Tan sólo llevaba puesta una toalla envuelta alrededor de su cuerpo y su larga melena caía esparcida, aun húmeda, por la espalda.
Mientras los miraba con picardía, en el reflejo del espejo, se quitó la toalla dejando que cayera a sus pies. Al ver el escultural cuerpo desnudo de Zaida, dejaron de hablar y silbaron al unísono. Aquellos dos hombres eran  los principales responsables de que ella luciera un cuerpo tan atractivo. Habían pasado los tres juntos muchas horas entrenando en el gimnasio y no solo para pasarlo bien.
—¿No tenéis otra cosa mejor que hacer hoy, chicos?
—¡No! —dijeron los dos a la vez.
Sacó de su maleta un conjunto de sujetador y tanga blanco de encaje y unas medias negras hasta el muslo. Se puso la ropa interior y subió las medias hasta la parte alta de su pierna, donde quedaron pegadas sin moverse. Cogió el traje de chaqueta negro con falda de su armario y una blusa blanca, que dejó en un pequeño sillón ubicado al lado de la puerta.
Una vez vestida, terminó de secarse el pelo y recogió hacia atrás los mechones castaños que le caían a ambos lado de la cara, sujetándolos en la parta alta de la cabeza con un pasador. El maquillaje suave que se extendió por la cara, hizo desaparecer cualquier huella de cansancio producida por la falta de descanso la noche anterior.
Sonrió al recordar la fantástica noche que habían pasado los tres mientras cenaban y como se había caldeado el ambiente cuando comenzaron a bailar los tres en el local donde fueron a tomar una copa después de cenar. Resopló cuando vino a su mente el momento en que Rubén se colocó detrás de ella y notó en su trasero la erección que tenía mientras bailaban. Nacho hizo lo mismo pero por delante y más que bailar lo que hizo fue provocarlos. Estaban dando todo un espectáculo para las pocas personas que se encontraban bailando en la pista al ser un día de diario.
No tenía tiempo para quedarse ensimismada recordando la noche anterior; así que, terminó de maquillarse y tras echarse su perfume favorito, Ultraviolet de Paco Rabanne, regresó al dormitorio.
Se miró al espejo de la pared y comprobó, satisfecha, que había conseguido la imagen que quería aparentar, la de una seria y respetable profesional cuyo puesto era el de auditora senior para la prestigiosa consultoría Renfield and Brothers. Nacho, no dejó pasar la oportunidad de hacer un comentario acerca de su aspecto.
—Nena, cada vez que te veo vestida así, me das miedo
—¿Miedo? ¿Por qué? –Preguntó extrañada mientras lo miraba reflejado en el espejo.
—Porque tienes pinta de aplastarle las pelotas al primero que te lleve la contraria.
—¡Yo! —Rio a carcajadas—. Si soy muy dulce e inofensiva. No sé cómo puedes decir eso. Además….Anoche no oí que te quejaras por lo que les hice a tus pelotas.
Se dio la vuelta y les miró con picardía, mientras se pasaba la lengua por el labio inferior. 
—Sigue así y no te dejaremos salir de la habitación. Si te despiden, mejor para nosotros.
Rubén se levantó de la cama, desnudo, y fue hacia ella con la intención de cumplir con aquella amenaza. Entre risas, Zaida intentó zafarse de él, aunque le resultaba casi imposible. Cogió un butacón que se encontraba ubicado junto al escritorio y lo puso entre medias para evitar que siguiera con su persecución.
—¡Basta ya! Déjame salir que no llego a este paso.
—Solo si nos prometes que volveremos a verte antes de que te vayas.
—Eso seguro. No os librareis tan fácilmente de mí. Os digo algo cuando vea qué es lo que me encuentro. Espero que no sea muy complicada. A simple vista, no lo parece, pero nunca se sabe.
Se puso su abrigo y cogió el maletín que había colocado junto a su bolso. Abandonó reticente la habitación del hotel, deseando poder quedarse con ellos un rato más porque los echaba mucho de menos. Desde que había conseguido aquel trabajo en Londres, hacia algo más de un año, los viajes que había realizado a Madrid, habían sido escasos.

Ambos continuaban trabajando como monitores en el gimnasio al que acudía casi a diario cuando vivía en Madrid. Día a día, la amistad entre los tres fue creciendo y aunque ellos si habían practicado, con anterioridad, ese tipo de relaciones, para ella era la primera vez. Aquella amistad iba más allá del sexo. Siempre que alguno había necesitado apoyo en momentos difíciles, habían estado los tres juntos. Ese era el tipo de amistad que uno sabe que durará toda la vida. 

Atracción y Sospechas (Spanish Edition) by Emma Gigan


domingo, 1 de noviembre de 2015

Atracción y Sospechas. Ya disponible en Amazon.

Ya podéis adquirir en Amazon, Atracción y Sospechas, tanto en formato digital como en papel.
Las copias para España también las distribuyo al igual que Cautiva de una Mentira.
Gracias a todos los que me habéis estado apoyando en este tiempo.

SINOPSIS

En su viaje a Madrid, Zaida rememora la relación que sostuvo con Alejandro, tiempo atrás, y a quien verá a su llegada a la capital. 
La auditoría que habían encomendado a Zaida iba a ser muy diferente a las anteriores y, no sólo por la trama que se escondía detrás de montones de cifras y papeles, sino por el responsable del proyecto a auditar. 
Alejandro, con su atractivo físico y experiencia en seducir a cualquier mujer que desee, logra su propósito sin grandes dificultades, solo que Zaida es una mujer diferente al resto y debe tener cuidado si no quiere caer rendido al hechizo de ella. Siempre ha disfrutado de una buena lucha para conquistar a una mujer y Zaida, aunque siente una atracción muy fuerte por él desde un principio, no se lo va a poner nada fácil. 
Intrigas, sospechas y sobornos sirven de base para que la relación entre ellos comience. Sin embargo, no será tan fácil de mantener cuando viven en países diferentes y sus fuertes caracteres chocan de manera inevitable.



jueves, 8 de mayo de 2014

Extracto Cautiva de una Mentira

Os dejo como adelanto del libro, el Prologo y el Capítulo 1. Ya disponible para descargar a través de Amazon.
Gracias por los ánimos que estoy recibiendo.
Besitos a tod@s!!!

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PROLOGO


Inglaterra, abril de 1462, Abadía de Santa María de Furness, condado de Cumbria. Inglaterra.

Alexia recorrió el huerto situado a los pies del convento, donde había sido recluida, para dirigirse hacia donde la esperaba uno de los hombres de su padre. Una vez más, recibiría su negativa al ofrecimiento de un nuevo compromiso. No aceptaría el matrimonio con ese último pretendiente. Le entregó su mensaje y regresó hacia el que ahora era su hogar en el cual, llevaba ya cuatro meses desde que su padre la había dado a elegir entre acatar sus órdenes y encontrar marido o recluirse en un convento.
A sus diecinueve años se la podría considerar ya que se le había pasado la edad de contraer matrimonio. Su padre, la había consentido en esos años, que se tomara su tiempo para encontrar un esposo. No quería forzarla a un matrimonio impuesto por él, a fin de establecer alianzas u obtener un enriquecimiento a través del mismo. Pero ella, no se decidió nunca por ningún de los innumerables pretendientes que había llamado a las puertas de su hogar.
Su padre, cansado ya de sus constantes negativas, decidió apremiarla para que tomase una decisión, pero lo único que consiguió fue que ella se aferrara más a sus ansias de libertad y de casarse con un hombre por el que pudiera sentir algo más que cariño.
Estaba hechizada por la idea de los valientes caballeros de los romances, que salvaban a bellas damas de dragones y demás criaturas fantásticas. No quería verse atrapada, hasta el fin de sus días, en un matrimonio con un hombre que solo la haría sentir respeto y, con suerte aprecio. 
Su rebeldía había sido tolerada por sus progenitores desde su infancia. Pero al cumplir los catorce años todos sus caprichos infantiles se acabaron. Donde antes todo eran juegos y risas, ahora eran enseñanzas para organizar un hogar y dirigir a la servidumbre. Es-taba decidida a encontrar un hombre al que amara y convertirse así en su esposa y madre de sus hijos. Pero ninguno de los hombres que conoció la hizo sentir ganas de unirse a ellos.
Una vez más, su padre se encontraría con que su respuesta sería una rotunda negativa. Ella había asumido que su estancia, en aquella espartana abadía, iba a convertirse en su hogar para siempre. Al fin al cabo, la vida dentro de aquellos austeros muros, tampoco era tan desagradable como se la había imaginado en un principio. Dura sí, eso no podía negarlo, pero podría acostumbrarse a vivir allí.
Había entablado una muy buena amistad con el resto de las jóvenes doncellas que habían sido enviadas allí al igual que ella. Entre todas, conseguían que hubiera algo de alegría y diversión, a escondidas, en aquel sobrio y respetuoso ambiente.
Ojalá fuese como su hermana que aceptó sin miramientos la proposición del que ahora era su marido. Ella era feliz, su marido era joven y bastante atractivo. Y aunque, al principio, no había existido amor entre ellos, tras un corto espacio de tiempo, se sintió profundamente enamorada de él.
Pero no deseaba arriesgar su felicidad a un quizás. Quería ir sobre seguro, encontrar un hombre dulce y cariñoso que la hiciera sentir la mujer más feliz sobre la faz de la tierra y que le ofreciera una vida llena de amor y alegría.
Suspiró y levantó su cabeza hacia el cielo, a la vez que cerraba sus ojos, y rogó silenciosamente a Dios, que si ese hombre existía, apareciese pronto en su vida, porque estaba perdiendo la esperanza de que aquello ocurriese algún día y pronto se la consideraría demasiado vieja para encontrar un hombre que se interesase por ella.

 CAPITULO 1


George Kemble, miraba al horizonte esperando ver aparecer al hombre, cuya lealtad en el pasado, había hecho que le considerase como a un hermano y no como un amigo. Solían visitarse varias veces al año, siempre que sus responsabilidades se lo permitían.
Vio una nube de polvo que comenzaba a formarse en la arboleda próxima al castillo, propiedad de la familia durante generaciones. Seguía conservando en el exterior el aspecto de las fortalezas medievales antiguas, pero el interior había sido completamente reformado adaptándose al estilo de la época.
A la llegada de Edward, George, se encontraba en el patio central de pie junto con su esposa Rose. Ambos hombres se abrazaron y rieron felices por el reencuentro y, después, saludó cortésmente a la esposa de su amigo. 
—¿Has tenido un buen viaje, Edward?
—Bastante bueno, la verdad. Gracias al Señor, que el tiempo nos ha acompañado durante todo el trayecto. Rose, seguís estando tan hermosa como siempre.
Lady Rose Kemble era una mujer jovial que pese a acercarse a la cuarentena aún conservaba la belleza que había tenido en su juventud y que habían heredado sus hijas. 
—Gracias Edward, como siempre tan galante con vuestros cumplidos.
—Por cierto, ¿Dónde está la pequeña Alex? Me resulta raro no verla aquí a vuestro lado. ¿Acaso la habéis encontrado ya esposo y no me lo has mencionado? 
Edward negó con la cabeza.
—No hay noticia que más me gustase anunciarte. Ya conoces a mi pequeña y dulce salvaje, sigue empeñada en no aceptar ni una sola de las proposiciones de matrimonio que la presento. Como último recurso para acabar con su testarudez y que acepte, de una vez por todas un esposo, la hemos enviado a una abadía para forzarla a que tome una decisión.
—Siempre te he dicho que consentías demasiado a la pequeña. Si estuviera en tu lugar, haría ya bastante tiempo que la hubiera casado. Lo que me extraña es que aun recibas proposiciones para unirse a ella. Huiría, como si se tratase del demonio, de una mujer que hace su voluntad.
—Tienes razón amigo mío. He sido demasiado blando con mi pequeña. Pero ahora ya es tarde y poco, o nada, puedo hacer. Lo único que le pido a Dios, en mis plegarias, es que ella acepte casarse pronto.
Edward se apenaba por la situación en la que se encontraba su amigo. No tenía hijas y, por lo tanto, jamás se había visto en la situación de tener que buscar un buen esposo. Incluso su único hijo, había elegido bien y se encontraba felizmente casado. 

Después de la cena, ambos hombres se encontraban sentados delante de la chimenea degustando un buen licor que George guardaba para aquellas ocasiones especiales que lo requerían. Habían estado hablando durante horas sobre las últimas noticias que le habían llegado de la Corte del rey Eduardo IV
Edward, por un instante, se quedó con la vista fija en el fuego que crepitaba en la chimenea.
—Te has quedado absorto en tus pensamientos. ¿Tienes algún problema del que desees hablarme?
Negó, despacio, con la cabeza y desvió su mirada para dirigirse a su amigo.
—¿Te he hablado alguna vez de Lord Jacob Sherwin?
George, frunció el ceño intentando recordar aquel nombre.
—No recuerdo haber oído nunca ese nombre, aunque el apellido no me es desconocido. ¿Debería conocerle de algo?
—Es posible que me lo haya escuchado mencionar en alguna ocasión. La familia Sherwin posee las tierras colindantes al este de las mías. Jacob, heredó las propiedades al morir su padre, cuando éste falleció hace algunos años a causa de unas fiebres. Ahora, es el señor de aquellas tierras. Muy prósperas por cierto.
—¿Por qué mencionas ahora a este hombre? ¿Acaso han surgido desavenencias entre vosotros?
—No, tenemos una muy buena relación, que nació ya con su padre y que seguimos manteniendo en la actualidad. He pensado en él porque puede ser la solución a tu problema.
—Explícate Edward porque, en este instante, no sé ni en qué, ni de qué manera, puede ayudarme a mi este hombre. 
—Alexia.
George se quedó pensativo y su comprensión hizo que asomara una sonrisa en sus labios.
—Así que, ese hombre, está buscando esposa y has pensado que Alexia sería una buena elección. Gracias por intentar ayudarme con mi hija, pero pienso que es un caso perdido. Ni tan siquiera aceptará conocerle tal y como ha hecho con los anteriores pretendientes.  
—Jacob no está buscando esposa exactamente. Estuvo prometido a una bella muchacha que murió al caerse de su montura mientras cabalgaba. Desde entonces, se ha recluido en sus tierras, saliendo tan solo para acudir cuando se le requiere en asuntos de la corte y visitarnos en contadas ocasiones a los vecinos circundantes. Me comentó, hace tiempo, que jamás volverá a pensar en el matrimonio, pero creo que ha llegado el momento de que piense en una esposa que le dé herederos a quienes poder legar sus posesiones.
—Si no piensa en el matrimonio, creo que ni siquiera deberíamos estar hablando de presentarle a mi muchacha. Puede ser muy dulce con quien quiere, y cuando quiere, pero en el momento que le vea, sacará sus garras hasta que se deje de sentir acorralada por el compromiso. 
—Estaba pensando en que… —Edward titubeó mientas ideaba un plan en que ambos jóvenes pudiesen conocerse sin sentirse presionados—. Quizás, tú y yo, podríamos… por decirlo de alguna manera, intermediar para que ambos se conozcan y ver qué ocurre entre ellos.
—En ese caso, mi querido amigo, ya puedes ir ideando un buen plan para que funcione porque, a priori, creo que será un tremendo fracaso. Mi hija en el momento que intuya que puede haber una proposición matrimonial de por medio, no le dejará ni abrir la boca. Si fuera tan dócil como hermosa, ahora tendría correteando, a mi alrededor, algún que otro nieto.
—Pensaba que tal vez, podíamos forzar la situación entre ellos. Podrías decirle a tu hija, que te has cansado de esperar a que escoja marido y que has elegido por ella. Planteárselo como una orden que no podrá desobedecer.
—¿Pretendes que la diga que mi decisión es que se case con Lord Sherwin? Eso sería sencillo, pero ¿Cómo le convencemos a él? No puedo dejar a mi hija delante de la puerta de su casa y de-cirle que será su futura esposa. –Dijo en tono de burla.
Edward soltó una carcajada ante el absurdo comentario de su amigo.
—George, debo decir, que estoy tentado en decirte que lo hagas, solo por ver la expresión que pondría Jacob. No. Mi idea es decirle que tu decisión es que se despose… conmigo.
—¡Contigo! Ahora sí que estoy convencido de que has perdido la cabeza. Ella siempre te ha visto como a alguien de la familia, casi como a un tío. No quiero que te tomes a mal lo que voy a decirte, pero la idea de unirse a ti le parecerá, al menos, detestable.
—Exactamente, George. Esa es la idea. Jacob es un hombre joven, tiene veintiséis años y las mujeres le consideran bastante atractivo y espero que ante la idea de ser la esposa de un hombre tan  viejo como yo, desvíe su atención hacia Jacob. Fingiré que he sufrido un accidente y me es imposible ir a buscar a mi encantadora prometida. Será un pretexto bastante creíble y dudo mucho que no me hiciese el favor de acudir a esa abadía para traerla a mi casa y celebrar los esponsales.
George, soltó una carcajada, ante el retorcido plan ideado por Edward.
—Será como tenderles una emboscada. Mi hija solo verá a Lord Sherwin como su escolta y quizá el muchacho se quede prendado de la belleza de mi niña. 
—Así es, George. Alexia tiene cierto parecido a la pobre mu-chacha que falleció. Ambas rubias, ojos claros y la piel muy blanca. Si es así como le gustan las mujeres, se fijará en ella. Alexia es bastante más alta y esbelta, pero creo que eso no será ningún pro-blema para él, es uno de los hombres más altos que conozco
—Empiezo a tener alguna esperanza de que este plan pueda tener éxito. Por intentarlo no pierdo nada, ya que lo he probado todo y ella continúa sin dar su brazo a torcer.

Tres semanas después, Alexia se encontraba trabajando en un tapiz, junto con otra de las muchachas que residían con ella. La costura siempre había sido una de sus actividades preferidas y cuando se sentaba delante de un telar, se alejaba de todas las preocupaciones que la atormentaban.
Tan abstraída estaba en su trabajo, que no se percató de que le estaban hablando, hasta que notó en su hombro la mano de una joven religiosa, que había ingresado hacia poco tiempo en la abadía y de la cual todavía no conocía su nombre.  
—Lady Alexia. Venid conmigo, por favor. —Por la seriedad de su semblante, Alexia pensó inmediatamente que recibiría alguna mala noticia referente a su familia.
—¿Ocurre algo malo?
—No sé nada. La Abadesa me pidió que os viniese a buscar y que acudierais lo antes posible. Por favor, no debemos hacerla esperar.
Salieron de la sala de costura, y se dirigieron hacia el comedor donde se encontraba esperando la anciana mujer. Mientras recorría los corredores de piedra, no pudo dejar de imaginarse que habría ocurrido ¿Su padre o su madre habrían caído enfermos? Pensó también en su hermana que se encontraba esperando a su primer hijo. Rogó a dios, en silencio, que todos sus familiares se encontraran bien. 
Cuando llegaron a la sala donde la esperaba la abadesa, ésta se encontraba de pie en la parte delantera de la misma.
—Lady Alexia. Un hombre acaba de traeros estas misivas y nos ha indicado que primero leáis ésta, que pertenece a vuestro padre.
Cogió la correspondencia que tenía la abadesa en su mano y re-conoció, en uno de ellos, el emblema de su padre. Echó una ojeada al otro escudo y, aunque le resultaba conocido, no recordaba donde lo había visto anteriormente. Con el ceño fruncido, se dispuso a abrir aquella que tenía el sello de su familia. Tan solo esperaba que no hubiese ocurrido ninguna desgracia.

Querida hija:
Espero que entiendas la decisión que hemos tomado, tu madre y yo de mutuo acuerdo. No podemos seguir consintiendo que nos desobedezcas tan abiertamente como lo has estado haciendo y sigas dejando pasar los años sin tener un esposo. Creemos que te hemos dado un margen muy amplio para que medites sobre un asunto tan importante como el matrimonio y dado que no has sabido gestionarlo diligentemente, seré yo quien tome la decisión en tu lugar.
El hombre con el que he decidido desposarte es Lord Edward Evans. Ha decidido formar una nueva familia y en su última visita acordamos vuestros esponsales. Le conoces de toda la vida y sabes que es un buen hombre y, estoy convencido, de que será un buen esposo.
En esta ocasión, no admitiré, por tu parte, ninguna muestra de enfrentamiento hacia nuestra familia o hacia el propio Edward. Como sabrás, tu negativa al matrimonio no será tenida en cuenta ni ante Dios ni ante los hombres.
Junto con esta nota, recibirás unas palabras que cariñosamente te ha querido dedicar Lord Edward, informándote de los detalles de tu viaje. Por deseo expreso de él, partirás inmediatamente hacia tu nuevo hogar, donde se celebrarán los esponsales, en cuanto estemos todos allí reunidos.
Que dios te guarde y proteja durante el trayecto.
Tu padre que te ama,
George Kemble

Abatida y conmocionada, Alexia se dejó caer de rodillas al suelo sin ser capaz de detener las gruesas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. La carta que acababa de leer, dictando una sentencia de muerte a su felicidad, se deslizó de sus manos y cayó al suelo.
Se cubrió la cara con las manos pensando que, tal vez fuese todo una pesadilla, pero la otra carta que había olvidado en su mano, la hizo volver a la realidad. No pudo evitar que se le escapara un alarido cargado de agonía mientras procuraba romper el lacre para leer lo que le había escrito su ya prometido y futuro esposo. 
¿Cómo había podido su padre hacerlo algo así? Sentía cariño por aquel hombre, que conocía desde que tenía uso de razón, y que para ella era un miembro de su familia. Nunca, por más que se esforzara, podría llegar a intimar con él como debería hacerlo con un esposo. Era de la edad de su padre y ella siempre había querido a un hombre joven a su lado. Incluso su hijo era mayor que ella. 
Notó como la anciana mujer le acariciaba suavemente la cabeza y le indicó amablemente que leyera la otra carta que, de nuevo, había olvidado. Con manos temblorosas, procedió a abrirla, aun sentada en el suelo sobre sus talones.

Mi dulce y amada Alexia:
Espero que la decisión de vuestro padre os haya colmado de tanta  felicidad como a mí. Estoy impaciente por teneros aquí a mi lado y ambos pensamos, que lo mejor sería que abandonaseis, de inmediato, la abadía para veniros a vuestro nuevo hogar.
Os ruego me disculpéis por no ser yo, en persona, quien os acompañe en este largo viaje, pero mi salud se ha visto resentida, por una caída, y me es imposible desplazarme hasta allí para escoltaros.
En mi lugar, será Lord Jacob Sherwin quien os acompañe y proteja en vuestro viaje. Es un hombre de honor, que cuenta con toda mi confianza, y os proporcionará la seguridad que necesitáis en estos caminos, si surgiera alguna contrariedad.
Vuestro anhelante prometido,
Edward Evans

Dejó caer las manos sobre sus rodillas e inclinó la cabeza derrotada mientras las lágrimas seguían bañando sus mejillas.  
—Lady Alexia ¿Os encontráis bien?
No sabía qué responder a la pregunta que le acababa de formular la Abadesa. Seguía mirando la hoja de papel que sostenía temblorosamente en sus manos, incapaz de asumir que aquello pudiera estar pasando. Debía tratarse de una pesadilla de la que tenía que despertar. 
—Perdonadme. Pero las órdenes del caballero que os está esperando fuera es que os deis prisa en recoger vuestras pertenencias para partir lo antes posible.
—Pues decidle que ya se puede ir marchando porque no iré a ninguna parte. No pienso acatar las órdenes de mi padre. —Si que-rían que saliese, tendrían que hacerlo a la fuerza porque no se iba a mover de allí.
—Mi dulce niña. Levantaos, por favor. He sido informada de vuestro compromiso y no tenéis forma de eludirlo. Ya está hecho. Solo podríais romperlo en el caso de que decidieseis quedaros aquí para servir a Nuestro Señor. En otro caso, deberéis actuar como se os ha dicho y partir de inmediato. Es una decisión que debéis tomar ahora, no tenéis tiempo para meditarla.
Alexia se quedó mirando a la Abadesa sopesando ambas opciones. Tenía que elegir entre servir a un esposo o, servir a Dios. No le satisfacía ninguna de las dos opciones, pero si decidía optar por el matrimonio, saldría de la Abadía y tendría una posibilidad de fugarse y poderlo evitar. Si elegía quedarse allí, no volvería a salir en todos los años que le quedaran de vida.
—Gracias por el ofrecimiento, pero no voy a quedarme aquí. Aunque os aseguro, que encontraré la manera de librarme de este matrimonio.
—Lady Alexia, lo mejor es que aceptéis al hombre que Dios ha puesto en vuestro camino y convertiros en una buena esposa y madre. Vuestra reticencia y deseos de querer evitar lo inevitable, tan solo os convertirá en una mujer muy desdichada.
Tras escuchar aquellas palabras que, lejos de animarla, lo único que consiguieron fueron enfurecerla aún más, se dirigió hacia el dormitorio que compartía con otras dos jóvenes y recogió las escasas pertenencias que le habían permitido quedarse cuando ingresó.
Se despidió de sus compañeras y, decidida, salió de la abadía, dispuesta a encontrar una solución antes de que fuera demasiado tarde. Con paso firme y de manera altiva, atravesó el huerto para dirigirse fuera de los muros que protegían la sagrada edificación. Quienquiera que la estuviese esperando al otro lado, no la vería derrotada ni débil.